Hacia el año 33 de nuestra Era, Jesús de Nazaret instituyó la Eucaristía, en la Ultima Cena que celebró con sus Apóstoles en Jerusalén, elevando el pan y el vino, consagrados, a la categoría de símbolos de su presencia en el mundo. Jesús distinguió al vino entre todos los productos, revistiéndolo de la máxima dignidad y de una significación plena en el orden religioso, borrando el antiguo sentido del vino en los ritos profanos.

El vino se hizo consustancial con el cristianismo, como elemento indispensable para la Eucaristía, que se viene celebrando todas las horas de cada día en los templos de la Cristiandad durante  los dos últimos milenios. Indudablemente el cristianismo influyó en la extensión del viñedo y de la cultura del vino a través de los monasterios.

A principios del siglo X se creó la Orden de Cluny, para reformar las antiguas órdenes monásticas con la agrupación de conventos de monjes benedictinos. Esta Orden fue sustituída paulatinamente por la del Císter, a partir del siglo XI, de mayor austeridad y ascetismo, cuya primera abadía estuvo situada en la Borgoña.

La Orden del Císter se extendió por toda Europa hasta alcanzar más de 700 monasterios o prioratos, que fueron núcleo de la difusión durante esta época de la Edad Media, del cultivo de la viña y de la cultura del vino, que alcanzó gran influencia en el cristianismo y en el Vaticano, interviniendo directamente en las Cruzadas del siglo XII.

Posteriormente el Cisma de Occidente, la invasión de los otomanos, la influencia de la reforma protestante de Lutero, la confiscación de templos en diferentes países desde el siglo XVI fueron reduciendo paulatinamente la importancia de esta Orden, aunque permanecieron  en actividad numerosas abadías de trapenses.

Desde el siglo I ya existen tratados del cultivo de la vid, como el célebre “De Re Rústica” de Lucio Moderato Columela, nacido en Hispania y concretamente en la Bética.

El emperador Domiciano, de Roma, en el año 92 de nuestra era, ordenó la destrucción de viñedos en Hispania y en la Galia, con el pretexto de que atraía las incursiones de pueblos bárbaros, pero posiblemente fuera a causa de la competencia que ya ejercían en este siglo I los vinos producidos en ambos territorios del Imperio, que eran muy apreciados por los romanos. Esta actitud restrictiva cambió posteriormente en el siglo III, autorizándose por Roma nuevas plantaciones.

Las invasiones del imperio romano por los pueblos bárbaros procedentes del centro de Europa (hacia la segunda mitad del siglo III), acosados a su vez por incursiones de pueblos asiáticos, frenó la expansión del viñedo, aunque no causó su desaparición. Finalmente la cultura romana y los pueblos bárbaros, organizados ya como reinos, terminaron por fundirse progresivamente.

Otro fenómeno histórico, decisivo para la historia europea y el desarrollo de la cultura del vino, fue la invasión árabe. En este largo período, que en España cubrió casi ocho siglos, disminuyó la superficie de viñedo, dado que la religión mahometana es contraria al consumo de vino. Pero no desapareció totalmente, porque persistió cierto nivel de consumo y tambien a causa del valor nutritivo de la uva y de la pasa.

A pesar de las prohibiciones islámicas, el vino fue muy preciado como lo demuestran las alabanzas de grandes poetas, desde la antigua Persia como Omar Khayyam, en su Rubayat, y los de  la época del califato de Abderramán III en Còrdoba, las reflexiones de Avicena, célebre médico y filosofo persa de los siglos X y XI que afirmó que “el vino es amigo del sabio y enemigo del borracho. Es amargo y útil como el consejo del filósofo, que está permitido a la gente y prohibido a los imbéciles”.

Desde la época de la dominación árabe y siglos sucesivos el Camino de Santiago desempeño un papel relevante en la difusión de la vid, del vino y de su cultura. Las corrientes de peregrinos procedentes de Europa produjeron un intercambio de productos y de cultura; los pámpanos de vid se propagaron por todos los lugares de paso de los peregrinos desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela, pasando por Navarra, La Rioja, León y los países de origen de las peregrinos, y viceversa.

Este camino produjo un intercambio mutuo de material vegetativo de distintas variedades de vid de origen ibérico o centroeuropeo, que con los siglos fueron adaptándose a las condiciones de los diferentes medios climáticos y de suelos.

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